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Cuando me echo a volar al sol en un día luminoso
y me detengo en aquellos parajes que impresionan mi espíritu,
mi visión de la naturaleza obedece a cánones sencillos
y de respeto a la fisonomía de cada paisaje. La luz de una mañana,
las pasajeras nubes, la soledad majestuosa de una montaña, el
correr juguetón del agua entre las piedras, la sombra de algún
duende en un pajonal, la delicadeza de un crepúsculo..., es entonces
cuando recuerdo aquello del decálogo de Gabriela Mistral:
"Amarás la belleza que es la sombra de Dios
sobre el universo".
La fascinación que produce en mí la naturaleza
y lo atrapante que me resulta la acuarela para expresarme, son los únicos
"ingredientes" que necesito para luego, con ojos lo más
certeros posible, mano rápida y ritmo continuo, reproducir las
maravillas de la creación.
Gabriel Allerborn.
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